El Monte Nebo o Siyagha, tal y como lo denominan los lugareños, es el punto más elevado de esta parte del antiguo Reino de Moab. En un día despejado, se puede apreciar una magnífica panorámica, que transcurre desde el Mar Muerto y el Valle del Jordán hasta las montañas situadas al otro lado de la factura del Jordán, divisándose las torres de Jerusalén en el horizonte.

La cumbre de la montaña se ha identificado como el lugar desde el que Moisés divisó la región de Canaán, a la que Dios le había prohibido entrar. Se dice que fue ahí donde murió y fue enterrado (Deut. 32:49; 34:1-6). 32:49; 34:1-6). Aunque con ciertas reservas, en una cita en el libro apócrifo de los Macabeos, se sugiere que el Arca de la Alianza se enterró definitivamente en el Monte Nebo (2 Macabeos 2:2-8).

Hacia el 384 d.C., Egeria, una intérprida mujer de la parte occidental de Europa, visitó el Monte Nebo durante una extensa peregrinación cristiana, sobre la que escribió un crónica en su diario. Partiendo desde Jerusalén en burro, cruzó el Río Jordán para, después, escalar esta montaña, la mayoría del tiempo, a lomos del burro aunque tuvo que subir a pie las partes más empinadas. En la cumbre, encontró una iglesia “no muy grande”, custodiada por varios “santos varones” que le aseguraron que “el santo Moisés está enterrado aquí” y que “las fuentes que lo afirman son sus predecesores”.

Menos de 100 años después, otro peregrino, Pedro el Ibero, Obispo de Gaza, habló de “un venerable y enorme templo” con “muchos monasterios” alrededor. Sin embargo, las indicios arqueológicos suguieren que se trata de la misma iglesia que Egeria vio; la diferencia de tamaño es simplemente una cuestión de percepción. En 1864, el Duque francés Luynes visitó las ruinas en Siyagha, que describió en Voyage d´exploration à la Mer Morte, à Petra et sur la rive gauche du Jourdain para alentar a más viajeros a seguir sus pasos. Poco después del descubrimiento del diario de Egeria en 1886 y su posterior publicación al año siguiente, a lo que siguió en 1895 el redescubrimiento de la biografía de Pedro el Ibero, el interesés por la zona se vio en aumento. El resultado fue la adquisión del Monte Nebo en 1932 por parte de La Custodia Franciscana de Tierra Santa. Bajo sus auspicios arqueológicos, la investigación comenzó un año más tarde.

Las excavaciones han revelado un grupo de edificios monásticos alrededor de una basílica del siglo VI, que se agrandó en el siglo VII. Dentro de la iglesia, restan una capilla del siglo IV (probablemente la que describieron Egeria y Pedro el Ibero), eregida sobre una esctructura anterior, que podría haberse tratado de un mausoleo. El lugar parece haberse abandonado en el siglo IX. Desde 1976, bajo la dirección del Padre Michele Piccirillo, se encontraron varios mosaicos más; en particular, un magnífico y gigantesco pavimento que data del siglo VI, de coloridas representaciones tanto de personas como de animales. Su extraordinario estado de conservación se atribuye, sin duda alguna, al hecho de haber permanecido enterrado durante siglos bajo un mosaico posterior.