qasr al abd al amir

En el siglo V a.C, Nehemías, Gobernador de la provincia persa de Judea, hacía constantemente referencia a “Tobías, el amonita”, Gobernador de la provicia oriental del Mar Muerto.

Dos siglos después, durante el largo conflicto que enfrentó a la Dinastía Ptolemaica y al Imperio seléucida, vuelve a nombrarse la familia de Tobías en el archivo de Zenon, un representante de Ptolomeo II. En un documento con fecha de 12 de mayo del 259 a.C y dirigido a Ptolomeo, Tobías le obsequia con caballos, camellos, perros y jóvenes esclavos procedentes un valle rebosante de agua de su propiedad, al sur de Ammán, en lo que hoy conocemos como el Iraq Al-Amir (las cuevas del Príncipe).

De acuerdo con el historiador Flavio Josefo en su crónica sobre los eventos acaecidos entre 190 y 175 a.C, Hircanio, el nieto del Tobías mencionado en las cartas de Zenon, construyó “una robusta fortaleza […], de mármol blanco hasta el mismo tejado, con esculturas de criaturas gigantescas y que cercó con un amplio y profundo foso…”.

Hoy en día, los asombrosos restos del inacabado palacio de Hircanio, Qasr al-Abd (Palacio del sirviente [real]), yacen alredededor de campos de cultivo, donde, una vez, las paredes del palacio se reflejaban sobre las aguas del foso. Todavía puede apreciarse la presa en el extremo suroeste del palacio. Los vínculos con la familia de los Ptolomeos pronto supusieron una carga cuando el nuevo emperador seléucido, Antíoco IV, comenzó la expansión de su imperio hacia el sur, aproximandamente, en el año 168 a.C. Para evitar males peores, Hircanio “se dio muerte a sí mismo y Antíoco se apoderó de su caudal”.